EL SUEÑO DE AFRODITA

 

Me encontraba ante las puertas del baptisterio de Florencia admirando los bajorrelieves del gran Lorenzo Ghiberti. Era un día en que la primavera estaba a punto de reencarnarse. Hacía mucho más calor del que hubiera correspondido por el tiempo en que nos encontrábamos. Yo había comido en un self service Via dei Pecora y me desplazaba caminando hacia la Galleria degli Uffizi. Antes quise contemplar una vez más La Puerta del Paraíso.

Durante el trayecto tuve el presentimiento de que alguien me seguía. De vez en cuando volvía la cabeza y verdaderamente un hombre de mediana edad con una larga melena y vestido con una túnica de color sombra tostada aparecía siempre a unos diez o quince metros detrás de mí. Su vestimenta me pareció extraña pues tuve la impresión de que aquel individuo vestía a la usanza del siglo XV.

Al llegar a la ventanilla, justo en el momento que iba a pagar la entrada del museo, él se me adelantó y con una voz penetrante y de tono oscuro dijo a la expendedora: no le cobres, dame dos entradas. Me quedó muy claro que ellos dos se conocían.

Una vez dentro del museo me preguntó si había comido y al decirle que sí respondió: vamos a tomar un café en la cafetería del museo. Nos sentamos en una mesa junto a una ventana desde donde se podía contemplar la famosa cúpula de Brunelleschi de la Catedral de Santa María del Fiore.

Aquel personaje se sentó frente a mí y empezó a hablarme en un italiano antiguo pero que yo entendía perfectamente. Consideré que aquel hombre era originario de Toscana, pues el italiano moderno deriva de la lengua hablada en la región de Florencia a principios del Renacimiento. De repente me dice que se llama Sandro Botticelli y que hace muy poco tiempo que habia acabado de pintar el cuadro titulado Il Nascimento di Venus. Con mis más de setenta años y una larga trayectoria tras de mí no me sorprendió, puesto que yo gozaba de una piel dura, curtida por las experiencias de la vida. A pesar de ello empecé a pensar si realmente estaba soñando, pero no, me dije, puesto que el café macchiato que yo había pedido y su cappuccino eran reales y se encontraban encima de la mesa.

Me dijo que tenía 42 años por lo que deduje que nos encontrábamos en el año 1485 el cuál, además, coincidía con la fecha que Botticelli pintó el famoso cuadro.

Reflexionando, consideré que aquel personaje era el espectro del gran pintor y que debía aparecer a menudo por el museo ya que a nadie sorprendía su presencia. Qué suerte la mía de poder conversar con él pensé y sin ningún tipo de rubor le pedí de ir a ver el cuadro y que me explicara, tanto el tema como la técnica. No se opuso en absoluto, más bien al contrario, y fuimos a verlo.

Andando por las salas del museo pasamos junto al cuadro titulado La Alegoría de la Primavera que él mismo había pintado. Él pasó sin mirarlo. Yo, evidentemente, caminaba con la cabeza girada mirando el cuadro. Sandro me pidió de sentarme en un banco justo delante Il Nascimento di Venus.

Pensativo, midiendo sus palabras, me dijo: no recuerdo con exactitud para quién pinté el cuadro, aunque hay quién dice que fue para Lorenzo el Magnífico. Sabes que, continuó, dejémoslo así ya que no quiero forzar mi memoria.

En aquel momento había ya algunos pintores que empezaban a pintar al óleo, pero yo consideré que la técnica al temple a base de huevo me iría mejor y utilicé esta técnica para pintarlo sobre lienzo. El tema me fue impuesto en el mismo encargo y estaba extraído de la Teogonía del poeta griego Hesíodo. Nosotros, los pintores, no podíamos hacer otra cosa que someternos a los encargos.

He de confesar que la emoción me embriagaba de pies a cabeza, pues poder hablar con uno de los más grandes pintores del Quattrocento no ocurre todos los días.

Cronos, continuó Sandro, era hijo de la Diosa Tierra y del Dios Urano y fue el propio Cronos quien cortó las gónadas de su padre y al arrojarlas al mar de entre la espuma apareció Venus, diosa del amor y la sexualidad, heredera romana de la Diosa griega Afrodita, continuó diciendo.

Compuse el cuadro mediante un equilibrio de balanza con un eje central determinado por Afrodita, explicaba Sandro Boticcelli con gran entusiasmo. A la izquierda puedes ver Zèfir Dios del viento del Oeste y a la derecha una de las Horas griegas que parece querer vestir Afrodita. Según el propio Hesíodo, Afrodita aparece sobre una concha de peregrino. La inclinación del cuerpo sin estabilidad física me permitió configurar el ritmo deseado a la figura, reforzado por la ondulación del cabello con los que Afrodita se cubre el pubis. El momento histórico no me permitió de representar las imágenes con mayor erotismo. La composición se estructura mediante una pirámide en la cuál todas las líneas tienden hacia la cara de Afrodita. Aunque se conoce con el nombre romano de Venus, yo la llamo Afrodita puesto que es su nombre originario en la mitología griega. Como ves, continuó diciendo Sandro, busqué y conseguí el ritmo absoluto de todas las formas, sin dejar parte alguna cromáticamente plana.

Mientras Sandro iba hablando, me apoyé contra el respaldo del banco frente al cuadro y me quedé completamente dormido. El movimiento y el murmullo de la gente en mi entorno no llegaron a romper mi sueño. No tengo consciencia del tiempo que quedé dormido, pero de pronto, una voz femenina dulce, a la vez que me ponía su mano sobre mi hombro, me dijo: despierta. Abrí los ojos y ante mi Afrodita, vestida con la túnica de color morado que la Hora griega le ofrecía en el cuadro, se mostraba radiante. La sala estaba completamente vacía y sólo una cierta claridad difusa iluminaba el espacio. Una vez más pensé que estaba soñando, pero el sueño se desvaneció cuando Afrodita, dándome la mano, me ayudó a levantarme.

Me pidió de seguirla. Ella caminaba delante de mí y yo, contemplando la belleza de su figura, a pesar de la ropa que la cubría parcialmente, analizaba y a la vez admiraba la forma de su cuerpo. No tengo conciencia de cómo sucedió, pero de repente nos encontramos en un prado verde, una especie de paraíso perdido, radiante y luminoso en el centro del cuál se encontraba un árbol. Afrodita se había liberado de la túnica que cubría parte de su cuerpo y su figura, totalmente desnuda, aparecía resplandeciente. Yo no podía dejar de mirarla y admirarla. El árbol en el centro del prado estaba lleno de frutos. Ella me acercó al árbol y me dijo: puedes comer tantos frutos como quieras, ellos te desvelarán el deseo de poseerme y, cuantos más comas, tanto más querrás desearme sexualmente. Entre muchas otras cosas, recuerdo que me dijo que ella podía conseguir el deseo sexual de un hombre solo mirándole a los ojos.

Los Dioses, atraídos por su gran belleza, aspiraban a sus placeres y muchos de ellos lo consiguieron. Me confesó que su mejor cualidad era la de satisfacer plenamente a los hombres y tuvo hijos con Hermes, con Dionisio y con Ares, entre otros Dioses. Yo la escuchaba pero su belleza me obligaba a no poder sacar los ojos de su cuerpo.

Era tanta la atracción que ejercía sobre mí que no pude evitar de pedirle sus placeres sexuales. Primeramente, dijo ella, te instruiré en todas las formas del amor físico. Justo en ese momento pensé en el sabio indio Vatsayayana el cual, a la orilla del río Ganges, compuso hace dos mil años el famoso Kama Sutra y en el que, entre otros muchos aspectos de la ciencia del amor carnal, explica sesenta y cuatro maneras de hacer el acto erótico.

La experiencia práctica, continuó Afrodita, induce a la perfección, aunque hay personas que son maestros en el amor sexual sin conocer ni haber reflexionado sobre esta ciencia. Hay quien ha aprendido con la ayuda de un instructor el cuál, entre otros, puede ser una mujer bien dotada y familiarizada en estas prácticas. También se puede conseguir con una tía, preferiblemente la hermana de la madre o, además de muchas otras, una ama de casa con muchos años de experiencia en estos quehaceres.

La mujer, prosiguió Afrodita, debe ser maestra en otras artes para hacer gozar al hombre en esta ciencia. Debe saber cantar, tocar instrumentos musicales y considerar la decoración del espacio con flores y perfumes estimulantes que permitan estados sublimes.

Continuó, diciendo: Trata de ser sensible con la mujer a fin de excitar su sensualidad. Si la mujer tiene experiencia, por ejemplo una mujer casada dos o tres veces, muévete con mucha delicadeza antes de tocarla. Siguiendo estas formas podrás incluso enamorarla y sus placeres serán sublimes. No olvides de conocer su pensamiento y sus deseos y muévete siempre con ternura.

Yo la escuchaba atentamente, pues quería instruirme en el arte del amor sexual, pero la atracción que su cuerpo ejercía sobre mi me impedía de concentrarme en sus palabras.

De repente, la voz de un vigilante del museo anunciaba que iban a cerrar las puertas y yo, decepcionado, me desperté sin haber podido gozar de los placeres sexuales de Afrodita.

Jordi Rodríguez-Amat

Junio del 2018

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