LA  INDIA

Jordi Rodríguez-Amat


Este texto ha sido inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual del Departamento de Cultura de la Generalitat de Cataluña.

 

El uno de enero, desde Barcelona, con mi compañera sentimental, llegué a la India vía Londres, con el firme propósito de sumergirme en un país del cual conocía la esencia pero no la conciencia. Apenas llegar, pude constatar la existencia, conocida que no vivida, de una civilización completamente diferente de la occidental. La fisonomía de las persones -piel oscura, cabellos negros, ojos curiosos de mirada profunda-, el bullicio de la calle - gente moviéndose de aquí para allí, de allí para aquí -, los autobuses, los rickshaws, además de tantos y tantos otros aspectos característicos de este país asiático, todo ello se presentaba repentinamente ante mí ojos. Allí había todo lo que yo sólo había podido prever y que, ahora, se ofrecía abierto de par en par a mis ojos; la India, la auténtica, no la de plastilina, tarjetas postales y documentales. Después de soportar las primeras acometidas producidas por los aspectos distintivos propios del país y resistir estoicamente las repentinas e inesperadas impresiones sensitivas, rápidamente pude adivinar que me sería muy fácil enamorarme, de aquel país como quien, alocado pero con continencia, se enamora intensamente.

Las imágenes y los conocimientos no vivenciales que se pueden adquirir de las cosas, en este caso concreto de un país, no permiten alcanzar el saber sensitivo que se logra por medio de vibraciones generadas directamente por vivencias personales. Este conocimiento sensitivo y no cognoscitivo se adquiere, o no, según los intereses personales, y, sobre todo, según las predisposiciones de cada individuo en el momento de enfrentarse con la realidad que la genera. A lo largo del mes y medio que duró nuestra estancia allí, y posteriormente, intenté de analizar las razones por las cuales aquel país produjo en mí una tan gran impresión y, a la vez, tan fuertes vibraciones sensitivas.

La India es un país de pobres, de indigentes, de pedigüeños, pero la India es también un país de amor y de espiritualidad. Un país en el cual la tolerancia, el respeto y la consideración hacia el visitante permiten dilatar el espíritu de cualquier persona capaz de consentir los aspectos que la caracterizan. Lejos todavía del mundo occidental, a pesar de que acercándose a él, la India es un país que mantiene la tradición secular de su historia humana. Un país donde la génesis de la espiritualidad y del pensamiento filosófico se inició muchos siglos antes de la era cristiana. La existencia de sus dioses a lo largo de tantos y tantos siglos, dioses vivos, no de cartón piedra, así como la profundidad de sus pensadores, hacen de la India uno de los países con más larga tradición espiritual y humana de toda la historia de la humanidad.

La sugestión es siempre un elemento determinativo de nuestra predisposición a aceptar o rechazar los hechos y situaciones que, esperada o inesperadamente, afloran ante nosotros. La sugestión es siempre un estímulo determinante en el momento de decidir a reconocer o desestimar cualquier hecho o circunstancia que nos acontece. Debo confesaros que mi predisposición a aceptar la identidad de la nación India, desde el mismo momento de llegar allí, fue absoluta y ello me permitió de amar un país que para otros muchos visitantes se presenta indómito y deprimente.

En la India, hombres y mujeres, jóvenes, pequeños y mayores, irradian humanidad. Es cierto que, viviendo en un mundo occidental, opulento y rico, sorprende, desde el mismo momento de aterrizar en la India, de encontrar-se con un país de grandes contrastes. Pasar en pocos metros, y, consecuentemente, en un tiempo físico relativamente corto, de los más hermosos monumentos creados por el ser humano a la miseria más absoluta en la cual difícilmente puede sobrevivir un ser humano, ejerce un fuerte impacto sobre el visitante que puede fácilmente predisponer al rechazo y, en muchos casos a la huida.

Hoy, pocas semanas después de volver de la India, permitidme de confesaros que estoy enamorado de aquél país. Sé que los amores son fluctuantes, aparecen y desaparecen, pero los hay que mantienen el aliento vivo y son de larga duración. Y con franqueza y amistad, permitidme un consejo; si vais a la India, regatead y rogad y, si sois pobres, mendigad. Que rezar no os avergüence. Desnudaos de todo el materialismo que el mundo occidental os haya podido formar. Renunciad a cualquier prejuicio que os someta a intereses materiales y liberad vuestra alma, elevándola a las esferas de la más alta espiritualidad.

Y, si os sentís incapaces de rezar, creedme, no vayáis a la India. Si no queréis desnudaros del tinte con que os ha teñido occidente, creedme, no vayáis a la India. Si no os sentís capaces de sonreír, no vayáis a la India. Y, sobretodo, si no queréis que la espiritualidad columpie vuestro espíritu, creedme, no vayáis a la India.

 

 

Ciudades sagradas

El eco espiritual de las personas se ha traducido casi siempre a lo largo de la historia en espacios sagrados, y en la India los hay muchos. Elementos naturales se transforman allí en lugares de culto y veneración: montañas, árboles, ríos, e incluso ciudades se convierten en lugares sagrados. Además de Varanasi, Puri, Somnath Ujjain y otras muchas, Pushkar es una de ellas. Las aguas de su lago permiten la ablución de miles de peregrinos que, año tras año, se acercan allí para alcanzar la purificación de sus almas. Es en esta ciudad donde Brahma, después de haber creado Dioses y Universo, se ancló alrededor del lago sagrado para convertirse en ser eterno.

La India es un país eminentemente vegetariano, pero en Pushkar la prohibición de comer carne es absoluta. La prohibición no se limita a la carne, sino que se extiende al alcohol y a cualquier tipo de sustancia estupefaciente, droga y tabaco. En un gran cartel dirigido abiertamente al turista pude leer, además de otros consejos, algunas de las prohibiciones que se exigen a cualquier persona llegada o residente en esta ciudad sagrada. El cartel, redactado en inglés, entre otras prohibiciones y recomendaciones, decía: Drugs, alcohol and no vegetarian food are strictly prohibited. Photography of bathing pilgrims in holy lake is strictly prohibited. Footwear has to be remove 30 feet away from bathing ghats of the holy lake. Do not embrace in public and dress up respectfully. Tengo que decir que aparte de algunos turistas irrespetuosos, muy pocos, todo el mundo observaba estas y otras normas.

En esta ciudad, visitantes y residentes descubren, día tras día, como el espíritu se dilata y el espacio, imperceptible a cualquier de los cinco sentidos primarios, se vuelve infinito. El tiempo goza aquí de una temperatura impregnada de humanidad y, conjuntamente con el espacio, conforma una dualidad cósmica. En la India, el tiempo respira historia y desde el principio de la humanidad conforma con los dioses un maridaje perfecto, puesto que es eterno, y los dioses, a pesar de haber nacido, son inmortales; son los únicos hijos de la inmortalidad. No sólo en Pushkar, sino que en cualquier lugar, el hindú funde el tiempo con el espacio para reencontrarse a si mismo y poder así comunicarse con los dioses.

A pesar del gran estímulo de occidentalización que sufre la India, los dioses no quieren alejarse de la gente para dejar paso a la modernización y en Pushkar, sin ser patrimonio privativo de esta ciudad, encontramos templos por todos los rincones. Hay que decir que, independientemente de los grandes edificios sagrados, majestuosos, creados por la fuerza del espíritu humano y que encontramos por todas partes, un templo puede ser una simple imagen de un dios pegada a una pared, en un rincón de una calle, en el dintel de una puerta, bajo un balcón o en cualquiera otro emplazamiento como puede ser un árbol sagrado. Cualquier lugar es bueno para acoger uno: casas, tiendas, frontales de autobuses etc. etc. Por todas partes se respira la fragancia de unas flores o el olor penetrante del incienso. Y, delante, al lado, pasando, arrodillados o bien sentados encima de sus propias piernas en estado de meditación o plegaria, encontramos un hombre o una mujer, joven o mayor, meditando o rezando, mientras los olores de las flores o del incienso invaden el espacio.

Fue en esta ciudad donde vi. un templo curioso, muy curioso: un hombre sin piernas montado sobre un tablero de madera con cuatro cojinetes y delante de él, sobre la misma madera, la figura de un dios rodeada de flores y humeando incienso. Con las propias manos sobre el suelo, el hombre impulsaba este tipo de patinete y se desplazaba rezando y mendigando, dos de las ocupaciones más comunes en la India.

En esta ciudad encontramos una miscelánea de gente llegada de todo el mundo, unos huyendo de occidente, otros, en busca de una espiritualidad perdida o nunca lograda. Y entre todo esto, el turista, despojado de cualquier tipo de espiritual, se mueve curioso para conocer este mundo como simple espectador. En Pushkar, como en otras muchas ciudades indias, y eso mucho más que en cualquiera otro lugar del mundo, la necesidad de sobrevivir acomoda los espacios a las demandas del momento; tiendas, restaurantes, hoteles y todo tipo de negocios se encuentran por todos los rincones de las calles. Cualquier persona, con más o menos capacidad, intenta de inventar su medio de vida. Vendedores ambulantes, mendigos, farsantes, o falsos religiosos, ofreciendo la propia salvación y la de vuestros parientes, todos, unos y otros, haciendo de la espiritualidad y del espectáculo religioso un medio de subsistencia. Son personas que, a pesar de revelar un alto grado de espiritualidad, intentan vender al turista productos con un alto beneficio, incluso con astucia y engaño: religión y negocio son empresas absolutamente diferentes una de la otra. Aquí no se puede valorar la conciencia del individuo con los mismos parámetros que haríamos en otra cultura; sobrevivir en la India no está al alcance de todo el mundo.

Y junto a todo este trasiego, peregrinos y residentes, jóvenes y mayores, despliegan su espiritualidad alrededor del lago sagrado. Acercarse calzado a los dioses es una ofensa. Los zapatos están en contacto con las calles profanas y sucias y un espacio sagrado no puede ser difamado. Es así que, después de sacarte los zapatos y acometer, bajando pie desnudo, las escaleras que rodean el lago, un puro espectáculo visual se nos presenta a los ojos: centenares de peregrinos ofreciendo sus rituales religiosos a las aguas sagradas, no ya como un simple acto expiatorio, sino más bien como una ofrenda que permite mantener vivos el respeto y el amor hacia el Dios. Hay quién, después de haber ofrecido un puñado de flores al lago, sumerge todo su cuerpo dentro de las aguas, otros, cogiendo agua con las manos la dejan caer poco a poco cómo si fuera un manantial. Todos, unos y otros, se mojan la frente y los ojos, auto bendiciéndose. Es muy fácil para el espectador con un cierto grado de sensibilidad sentir en este lugar fuertes vibraciones frente a tanta espiritualidad.

En nuestro periplo por la India llegamos a Vanarasi. Aquí, la India profunda, auténtica, secular y viva se nos presentó en su máximo esplendor. Fue en esta ciudad junto a la orilla del Ganges cuando, una buena mañana, justo antes de que las primeras luces del alba interrumpieran mi sueño, una muchedumbre me rodeó, se movía agitadamente, me empujaba de aquí hacia allí y de allí para aquí, amortiguando mi racionalidad. Una niña pasa, sonríe, un rickshaw te ofrece su servicio, una mujer con mil y más colores medio tapándose la cara con un velo de seda rojo, transparente, punteado de bordados dorados te ofrece su sonrisa. Repentinamente el sueño se desvanece y los destellos de las primeras luces de la mañana llaman a la puerta de mi habitación medio abierta a la terraza que se abre sobre la orilla izquierda del Ganges. Eran los primeros rayos del día que me ofrecían adentrarme nuevamente por las calles estrechadas del Chowk, por la orilla de su río y disfrutar en cualquier lugar de la ciudad de mil y una sonrisas. Fue así como, nuevamente, la ciudad consagrada a Shiva se ofrecía exultada ante mí. El deseo batía mi corazón anheloso de llegar al final del día y sentirme decir: los dioses me han ofrecido nuevamente una jornada admirable.

El Chowk es un barrio bullicioso formado por centenares de callejones estrechos y pequeños, entrecruzándose y en donde el visitante se pierde irremediablemente. Ningún tipo de vehículo, ya sea a motor o bien a tracción animal o humana puede acceder en este lugar lúgubre, pero profundamente humano. Sólo el visitante brioso y aventurero se adentra en este lugar para descarriarse y de donde el único medio para salir es siguiendo las instrucciones de los propios habitantes. Realmente es un placer para los sentidos disfrutar de aquel entorno indómito, oscuro y húmedo, donde seres humanos conviven con vacas, cabras, perros y ratas arañando todos juntos este y aquel rincón sombrío y pleno de desechos orgánicos y otros. Un espacio que muchos encontrarían repugnante, asqueroso, inmundo y de donde con total seguridad saldrían ahuyentados. Olores e inciensos por los centenares de templos que se encuentran por todas partes se mezclan con los hedores y pestilencias en un espacio donde al sol le es prohibida la entrada y sólo en alguna pequeña plazoleta se le abre paso para, temblorosamente, meter la nariz.

Todo el barrio es un gran bazar con tiendas muy pequeñas y en donde el bullicio reina con plenitud de un extremo a otro. Vendedores de todo tipo anuncian con voz potente sus mercancías y, repentinamente, rezando y profiriendo cantos religiosos, aparece una retahíla de gente siguiendo cuatro hombres llevando un palanquín, encima del cual un cadáver envuelto con un sudario blanco y cubierto por otro rojo con elementos dorados. El palanquín es transportado por los mismos familiares del muerto camino del Manikarnika ghat, conocido también como el burning ghat, escenario de las cremaciones humanas, situado a la orilla derecha del Chowk. Para llegar hasta el lugar de las cremaciones sólo hay que seguirlos, o bien dejarse conducir por el hedor de carne humana asada que invade el espacio, cuando nos acercamos a él.

La madera para las cremaciones no puede llegar por las calles estrechadas del Chowk y lo hace en barcas por el río. Los troncos son colocados unidireccionalmente en cada una de las diferentes capas, entrecruzándose de una capa a la otra para mantener la estabilidad. Encima se coloca el muerto vendado por el sudario y son los mismos familiares los que encienden el conjunto, prendiéndole fuego. En este lugar, donde el fuego parece no haberse apagado desde hace miles de años, he visto más de una docena de hogueras quemando a la vez. La cantidad y calidad de la madera depende de la capacidad económica de los familiares del muerto, pero, sea cual sea una u otra, una vez la madera ha quemado, la ceniza, con los restos del cuerpo mal consumidos, son hechados al río, después de extraerle las posibles piezas de oro, joyas y/o dientes, que se le hubieran podido dejar al muerto. He visto restos humanos, cráneos, huesos y vísceras, mal quemadas flotando por el río, esperando que las aves de rapiña rematen el trabajo mal terminado por el fuego. Y en medio de este espectáculo bañando de fuego todo el espacio, sobretodo a la hora del atardecer, un sin fin de personas se mueve, trayendo leña y construyendo otros tabernáculos de la muerte, mientras familiares, vacas, perros, curiosos y bandoleros de turistas, intentando extraerles dinero, se mueven generando un espectáculo dantesco.

El hindú cree que con la cremación, los elementos con que está compuesto el cuerpo se reconstituyen por efecto del fuego y, así, su cuerpo se purifica para poder acceder al nirvana. En edificios vecinos y por las calles cercanas a este lugar, infelices, indigentes miserables y enfermos terminales, echados por el suelo o sobre literas, esperan su turno para poderse liberar del ciclo de las reencarnaciones. Y no muy lejos de aquel lugar, con una vaca muerta y pestilente flotando en medio del río, se encuentra gente bañándose para acceder a la purificación por medio de la ablución. Con excrementos y todo tipo de suciedad flotando por el río, he visto gente, sin ninguna aprensión ni repugnancia, bebiendo agua, cumpliendo así el ritual sagrado.

Las abluciones con aguas sagradas son en la India unos de los grandes rituales religiosos, y el Ganges, el río más sagrado del hinduismo y con toda seguridad del mundo entero pasa por Varanasi. Es allí dónde a cualquier hora del día y de la noche se encuentran hombres y mujeres de todas las edades satisfaciendo el Puja sagrado. Dependiente de la secta, o de costumbres locales, regionales u otras, el hindú cumple generalmente con la ablución cinco veces al día. La más importante es la que se celebra a primera hora de la mañana, momentos antes de la salida del sol. A pesar de pequeñas diferencias, el ritual se satisface sumergiéndose hasta cinco veces en las aguas y pronunciando el Mantra correspondiente. El Mantra puede ser pronunciado en silencio como un pensamiento o bien emitido en voz alta, hablando o cantante.

Una noche, pocos días después de llegar a Varanasi, hacia las dos o las tres de la mañana, una voz, potente y melódica a la vez, me desveló. Salí a la terraza abierta sobre el Ganges y, justamente bajo mío, un hombre se bañaba completamente desnudo. Gesticulando y con los brazos levantados, cantaba a pleno pulmón. La luna, en forma de cesta todavía, se reflejaba sobre las aguas tranquilas del río. Durante un largo momento me sentí el dios Shiva disfrutando de la plenitud de aquel espectáculo.

El Dasashwamedh Ghat, foco de la vida religiosa en Varanasi, es el lugar donde se desarrolla a cualquier hora del día y de la noche todo tipo de rituales y ceremonias religiosas, además de ser el centro neurálgico de la ciudad. Después del casamiento, los novios ricos, pocos puesto que no hay muchos, y pobres, de estos hay muchos, se acercan al río para presentarle todo tipo de ofrendas y, auxiliados por uno oficiante, requerir la bendición sagrada. En este lugar son numerosos los gurús que, sentados en sus sofás y bajo un gran parasol, esperan al devoto para administrarle las enseñanzas y las directrices de su liderazgo espiritual. Y, en medio de todo ello, encontramos una gran muchedumbre de indigentes, mendigos, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, vendedores de todo y más, barberos trabajando sentados por el suelo ofreciéndote sus servicios, unos y otros, sacuden cuerpo y alma, rodeados por vacas husmeando y apestando a la vez. Fue en este lugar donde ví un hombre sin piernas y una vaca comiendo del mismo plato. Ignoro si el hombre, considerando el aspecto sagrado del animal, no osaba echarlo, o bien aceptaba plenamente su complicidad por el simple hecho de ser un animal sagrado.

Desconozco si mi percepción fue una realidad sensorial o bien simple sugestión personal, pero Varanasi, a pesar del gran trasiego de gente, vehículos y animales de todo tipo que llenan calles y plazas, se me presentó en un estado absoluto de paz y de tranquilidad. La espiritualidad reina por todas partes y, a la hora del atardecer, cuando las lámparas se encienden y las luces confabulan con las sombras de la hora baja, músicas y ritmos, cantos y plegarias, sonoros y silenciosos, emergen del vientre de la ciudad para, junto al Ganges, desvelar Shiva con uno de los rituales religiosos más sinceros que se puedan ofrecer a un río y que yo, personalmente, haya podido contemplar con mis propios ojos.

 

 

LA MUJER

Uno de los grandes encantos que se ofrece abiertamente al visitante en este país son las mujeres. El color de la piel contrastando con los saris que saben lucir con un talante majestuoso, las fisonomías con expresiones risueñas y, por encima de todo, los ojos, unos y otros son elementos enriquecedores de sensaciones percibidas por el visitante que se adentra por cualquier calle de cualquier ciudad de este país.

No todas las mujeres en la India te miran directamente a los ojos, pero si lo hacen, descubres el brillo de la inocencia. La brillantez de los ojos de una mujer hindú refleja el perfume de todo el oriente. Y si, a menudo, pasando, tropiezas la mirada furtiva de una chica guapa, -pendientes y collar de oro- su rostro se ilumina y te ofrece, labios purpúreos, una pequeña sonrisa cautivadora. Con gratitud sincera le respondes con otra sonrisa, amable y encantadora. Es hindú, en ningún caso es musulmana. Lo reconoces en el brillo de sus ojos y en la extensión de su sonrisa. Las chicas musulmanas en la India, y con toda seguridad en cualquiera otro lugar del mundo, se retraen cuando se acerca o han accedido al estado de maridaje En este momento, el mundo desaparece de sus ojos y los colores de sus saris se tiñen de oscuridad.

Aquí, la mujer hindú, delicada en comportamientos, ofrece a tus ojos sus ornamentos y atractivos. Las joyas le engalanan todo el cuerpo - sortijas , manos y pies-, y brazaletes, cuántos más mejor. Las he visto con los brazos cubiertos; pulseras -muñecas y tobillos-, lujosos collares, pendientes e incluso, atravesando la fosa nasal izquierda, un gran anillo de oro, o a veces un simple punto dorado. La mujer hindú necesita la belleza de las joyas para amortecer la suya propia.

Viste con elegancia y sabe mover el cuerpo con sabiduría y delicadeza y su sensibilidad, siempre impregnada de ingenuidad, le permite lucir el sari con exquisito refinamiento. Llenos de exuberancias cromáticas - verdes, morados, rojos ... - y bordados con infinitas formas adoquinadas de lentejuelas, los saris lucen al sol sus vocaciones cromáticas, rellenando de luz y de color los espacios. A la mujer hindú se la ve pocas veces sola por la calle, lo hace casi siempre acompañada de otra o bien en pequeños o grandes grupos, los cuales engalanan luces y sombras componiendo una hermosa sinfonía cromática, un puro placer para el ojo. Pero, ocasionalmente, coincidiendo con cualquier celebración, pierde el pudor y libera su sonrisa. Entonces, la exultación la invade y su voz y su estado de espíritu se reboza de euforia y alegría.

El color oscuro de la piel, conjuntamente con unos cabellos largos, echados al vuelo, combina con todo el conjunto, mostrando su cuerpo esbelto y encantador. Es un estímulo para los ojos ver a una chica hindú lavarse el pelo. Una vez limpio, los seca acariciándolos con las manos y moviendo la cabeza repentinamente, ahora hacia adelante, luego hacia atrás haciéndolos volar al viento.

En este país la mujer es siempre candorosa, agradable y poseedora de ojos hermosos y dilatados. Con objeto de acentuar todavía más la belleza, se los enmarca con tonos azulados ofreciendo una mirada penetrante e instigadora: ¡mírame! ¿no te parezco guapa? Y si le muestres la cámara fotográfica incitándola a dejarse hacer una fotografía, con cierta timidez emerge de sus labios de una pequeña sonrisa. Deja así que tú decidas y, si osas, disfrutas del placer de llevarte su imagen.

Uno de aquellos días en que los dioses me ofrecieron abiertamente una jornada espléndida, paseando por una calle de una ciudad cualquiera de la India, vi una mujer con un niño pequeño en sus brazos junto a una chica joven. Su satisfacción se reflejo en un inglés claramente vocalizado: I am grandmother, a la vez que la plenitud de su sonrisa se desveló ante mí. Instintivamente y mirando la chica de su lado, le respondí: you have a very beautiful daughter, las dos me regalaron la sonrisa de sus labios y la plenitud de sus ojos. En la India, estos y otros presentes te deleitan y te llenan constantemente de alegría y de placer.

 

 

LA RELIGIÓN

Nadie ignora que la India es un país extraordinariamente religioso. Es difícil mantenerse pasivo ante esta realidad. Este hecho me ha permitido reflexionar sobre ciertos aspectos del yo como individuo. A lo largo de sesenta años he vivido en un mundo alejado de cualquier espiritualidad religiosa. Mi agnosticismo, que no escepticismo, generado por experiencias personales no aplicables a cualquiera otro individuo, no me ha permitido acercarme a ningún tipo de sentimiento religioso. No puedo creer en un dios. Ningún dios se me ofrece y, consecuentemente, ningún dios puede llenar mi espíritu. Si os dijera que creo, sería un hipócrita absoluto. Mi mente, mi individualidad, mi conformación como individuo no me lo permite. No os digo que no creáis vosotros, en todo caso os tengo que decir que no lo entiendo.

Estas mías palabras os pueden sorprender, sobre todo si pensáis que más arriba en este mismo texto os he aconsejado que si fuerais a la India, rezarais. Puede parecer incluso que hay una absoluta contradicción, pero, allí entiendo la plegaria como una manifestación personal alejada de cualquier creencia basada en la fe; se puede rezar satisfaciendo un cierto espacio sensitivo del propio individuo. Hay que entender esta plegaria como un himno, una manifestación de alegría, un canto a la vida en un momento de exaltación personal. ¿Es posible no creer en el arte y continuar pintando? Se me puede decir que pintar no exige forzosamente hacer arte. Entraríamos aquí en una dinámica de razonamiento que nos alejaría de las reflexiones que me ha permitido el alto grado de espiritualidad de aquel país. Entiendo incluso que se puede no creer en un dios y disfrutar plenamente ofreciendo un ritual religioso, por ejemplo, a un río que lo representa. El acto de rezar puede, en mi opinión, estar liberado de una creencia racional hacia un dios todopoderoso. Incluso el concepto de religiosidad puede estar eximido de una fe ciega hacia un ser con poderes más o menos absolutos.

A Varanasi pude disfrutar de la plegaria. A la orilla del Ganges, cada día, después de la puesta de sol, un grupo numeroso de personas se reúne para ofrecer a sus espíritus un espectáculo sublime: El Puja. Se trata de un ritual religioso, un culto al Ganges, una ofrenda celebrada por cinco o más sacerdotes, rodeados por una multitud de gente ofreciendo al río luz, agua, fuego, aire e incienso, con acompañamientos de sones de campanas, timbales y cantos religiosos. Nadie se puede mantener pasivo ante este ritual, un ritual que no se puede nunca entender como un simple espectáculo teatral. La percepción de las vibraciones emitidas por la multitud frente a las vivencias que se producen a lo largo de la ceremonia eleva el estado emocional de la persona a niveles inauditos. Os tengo que confesar que mi plegaria se cumplió absolutamente a nivel sensorial. Shiva es el dios al cual, por medio del Ganges, se ofrece el ritual, pero en ningún momento pasó por mi cabeza la idea de ofrenda a una divinidad, a un creador con poderes superiores y omnipotentes. Serían los estados de espíritu creados por todo lo que allí acontecía que me elevaron en estados personales de absoluta complacencia. La plegaria así entendida no se define como una súplica o imploración de una determinada concesión. La plegaria puede ser un canto de alegría, la manifestación de los valores espirituales que pueden en ciertos momentos impregnar el estado anímico del individuo.

A diferencia del mundo occidental, la religión en la India es más necesaria que cualquier tipo de alimento. Desde una perspectiva foránea pude descubrir el mundo espiritual, profundamente sincero, sin hipocresías ni vanidades que reina allí. Un mundo en el cual el hindú ha encontrado el espacio espiritual que permite soñar en una vida eterna mediante el deseo de proscribir las malditas reencarnaciones. Esta espiritualidad forma parte de sus esencias en cuanto individuos y la religión se convierte en algo absolutamente necesario a aquella sociedad. Una sociedad en la cual las costumbres, las leyendas y las supersticiones, entre otros, se mezclan con la religión y marcan muchos aspectos de la vida doméstica.

La filosofía bajo la cual el hindú fundamenta su existencia, tiende a conseguir el bienestar personal del individuo por medio del equilibrio, no sólo con el entorno, sino consigo mismo. Y el Nyaya, una de las Darsanes que interpreta la Realidad última, guía la persona con objeto de conseguir la salvación y la libertad en la realización final de la existencia. Comprender la verdadera naturaleza de las cosas es el camino para romper la cadena secular de llantos y daños que recaen sobre el ser humano y así conseguir valorar el placer y el desplacer para lograr eliminar cualquier deseo que estimule la acción del individuo, acabando de este modo con la continúa cadena de reencarnaciones que permite lograr el magnífico fin de la vida.

Y este país de constitución laica y religiones dinámicas, no sólo el hinduismo, a pesar de ser la más extensa, sino que acoge el islamismo, el budismo, el sihkismo, el cristianismo, el jaïnismo, e incluso los parsis, una minoría heredera del seguidores de Zaratrusta venidos de Persia, anclados desde hace muchos siglos en la región de Bombay. Aquí, a diferencia otros países, el respecto a seguidores de otras religiones es absoluto.

En occidente el hombre se ha alejado y se aleja cada vez más de sentimientos religiosos considerados por muchos superfluos y propios de sociedades primitivas. En este sentido, soy occidental y, a pesar de no poder comulgar con los sentimientos y actitudes de aquel pueblo, admiro y respeto estos seres creyentes, capaces de enfrentarse con una imagen de madera, piedra o simplemente impresa sobre una hoja de papel con profundo sentimiento religioso. Me ha fascinado la devoción de estos hombres y de estas mujeres y he disfrutado de sus rituales religiosos, a pesar de que nunca pude hacerlo con la creencia hacia un dios como ellos lo viven. Mis percepciones han sido vinculadas con las formas, las imágenes, los olores, los colores y la música que rodea la extraordinaria belleza plástica de las ceremonias religiosas de aquel país.

A pesar de que los espacios interiores de conocimiento y sensitividad a los que accedemos los individuos y que no nos permiten liberarnos de nuestra esencia humana, me gustaría por medio de la ficción contrastar reflexiones entre un creyente y un agnóstico. Permitidme pues este juego absurdo y gratuito.

¿Como puede el ser humano, pregunto yo como agnóstico, anclarse en actitudes y comportamientos que no estén dominados por razonamientos cerebrales? ¿Cómo puede un ser pensante lograr un convencimiento religioso y la creencia en unos estados y en unos seres puramente ficticios creados por la imaginación humana? ¿De que le sirve al ser humano haber abandonado el estado animal no racional para no hacer uso de la razón en todos sus actos? Sí, ya lo sé, las capacidades del individuo no son sólo de carácter cerebral. Hay sin embargo, se me dirá, y yo lo acepto plenamente, un conocimiento que no depende de la mente y que permite al ser humano liberarse de la simple racionalidad para acceder a conocimientos no accesibles por medio de cualquier tipo de reflexión cerebral. No lo puedes demostrar dirá el no creyente, puesto que sólo por medio de la sugestión se puede llegar a estos tipos de convencimientos. Los estímulos sugestivos incitan siempre al convencimiento de hechos no controlables por la mente y las actitudes del creyente, como la de cualquier individuo, lo sea o no, no son más que el producto de una educación y de la influencia del entorno en el cual se ha desarrollado.

Es evidente que abrimos los ojos y vemos todo lo hay ante nosotros. Es evidente que el ser humano no lo ha creado. Es evidente que el mundo y el universo tienen que ser un producto de algo, si reflexionamos según los parámetros de nuestros razonamientos. He dicho un producto de algo y no de alguien puesto que no puedo otorgarle una forma humana o animal a este algo. Además, no sabemos si hay otros tipos de razonamientos o acciones que son privativos para nuestra mente. Pero también es evidente que esta misma incapacidad no nos permite de conocer y tenemos que ser humildes y aceptar que, a pesar de que puede o, si queréis, tiene que existir algo, no lo podemos llegar a comprender nunca por medio de nuestras capacidades. Y si queremos imaginar un ser capaz de poseer poderes divinos, lo imaginaremos según unos sistema de razonamiento ínfimo, el nuestro, absolutamente limitado y, lo único que podemos hacer es crear unos, perdonad la palabra, muñecos, otorgándolos poderes absolutos. También se han tomado personajes históricos, en el caso del cristianismo, o legendarios en otras religiones, y se les ha concedido capacidades superiores a las nuestras.

Una pregunta que nos podemos hacer es, ¿como es que en ciertos países hay tantos individuos creyentes, mientras que en otros no? ¿Por qué en los países occidentales se ha perdido la espiritualidad que todavía conservan otros países menos desarrollados a nivel tecnológico? Esto no es una pura percepción mía. La realidad confirma esta afirmación. La ciencia, la tecnología, los descubrimientos, a pesar de que mínimos ante la inmensidad del universo, alejan el hombre de toda espiritualidad y occidente sigue irremediablemente este camino.

Frente a esta realidad tengo que manifestar que las capacidades del ser humano, sean de carácter cerebral o sensitivo, no son suficientes para llegar a ningún tipo de conocimiento absoluto. El conocimiento absoluto le es privado al hombre. Todo son puras y simples elucubraciones; hay quién se aferra a unas, los hay que lo hace a otras.

Las religiones han permitido a muchos individuos a lo largo de la existencia humana lograr estados personales de paz y complacencia. Todos nosotros somos el producto de factores culturales, educativos, sociales, genéticos y otros que nos han conformado creando nuestra esencia individual. De estos factores, queramos o no, no nos me podemos liberar. No seamos ilusos y aceptemos nuestra incapacidad a ir más allá del que nos permite nuestra esencia humana.

La religión, la fe, la creencia en las divinidades han tenido a lo largo de muchos y muchos siglos una función concreta en las sociedades y en la propia humanidad, pero, ¿desde qué momento el hombre ha sido capaz de liberarse de la condición animal irracional y acceder a espacios racionales y sobre todo sensitivos para crear principios religiosos capaces de enardecer tantos y tantos seguidores?

¿Ha sido el miedo a la muerte irremediable a la cual estamos abocados, la que ha generado la creación de un ser supremo capaz de otorgar una vida más allá de la terrenal? El hombre creyente tiene miedo. Tiene miedo a la muerte y se aferra fuertemente a una idea: la salvación de su alma, puesto que su cuerpo se destruye, y no quiere aceptar que después de la muerte no haya nada. El cuerpo se destruye después de la muerte de manera natural o se mantiene inanimado por efectos de embalsamamientos. En ningún caso, el hombre no puede evitar la desaparición de la vida de su cuerpo. Ante esta realidad, muchas religiones han imaginado vidas celestiales para fortalecer la fe y así aligerar el recorrido terrenal del ser humano. Este hecho no es exclusivo de la religión cristiana. Es así que para calmar su espíritu, el hombre ha inventado la vida eterna más allá de la muerte con una resurrección del alma. No le da miedo perder el cuerpo si mantiene el aliento vital de su espíritu. Si hacemos un repaso de la historia de la humanidad, podemos fácilmente ver que el hombre ha creado todo tipo de reflexiones y pensamientos religiosos con objeto de liberarse del miedo a la muerte absoluta. Pensad por un momento el porque se construyeron las grandes tumbas del Egipto faraónico.

Con objeto de no permitir la destrucción absoluta y para siempre de ningún ser humano, el hinduismo, el budismo y, supuestamente, otras religiones que desconozco, han ido más allá, creando la reencarnación en un nuevo cuerpo, si no se logra la salvación, y así comenzar un nuevo ciclo para permitir en un momento u otro lograr acceder al nirvana, una condición que permite liberar el alma de pasiones y sufrimientos, otorgándole felicidad eterna. El cristianismo, menos condescendiente, no permite esta nueva oportunidad y castiga irremediablemente al pecador al fuego eterno, liberando únicamente a aquellos que han seguido escrupulosamente sus doctrinas espirituales o bien a los que en un momento u otro se han arrepentido bajo confesión de haber ofendido Dios con comportamientos pecaminosos, según las leyes divinas redactadas por las propias instituciones, siempre dicen, con inspiración divina.

En occidente, muchos consideran inseparable la espiritualidad de las instituciones religiosas y de las sectas. Hay, además, quien considera que las iglesias no pueden tener estructuras sectarias. Ni siquiera pueden pensar que las jerarquías religiosas pueden tener el mismo carácter que cualquier otra tipo de jerarquía. Mayoritariamente, las jerarquías han sido y son dictatoriales, rígidas en los contenidos y en las aplicaciones de sus dogmas o principios, y las religiones, a partir de principios más o menos humanitarios, se han estructurado como cualquier otra organización creada por el ser humano con la simple finalidad de establecer mecanismos de funcionamiento y, por extensión, de control de la propia organización. Es así que las religiones han sido dominadas por instituciones que, actuando de forma dictatorial, han sometido en muchos casos a aquellos que se oponían a subyugarse a sus imperativos. No hay que olvidar tampoco que las instituciones religiosas son y han sido creadas por hombres y han utilizado, entre otros, el miedo que embriaga al ser humano para dominarlo, haciendo uso ostensible del poder que esto les otorga.

Permitidme todavía otra reflexión. En muchos momentos históricos, las instituciones religiosas se han confabulado con las políticas y sociales para tener más poder y en definitiva más control de una sociedad. Los poderes políticos, conociendo los instrumentos empleados por las instituciones religiosas y estas, sabedoras de la fuerza generalmente militar de los otros, hoy incluso económica, se han organizado para fortalecer y mantener sus poderes, muchas veces opresivos. Es así que a lo largo de la historia se han conformado grandes arquitecturas sociales basadas en religiones que las han amoldado al carácter y a la forma de las propias instituciones religiosas. Estas últimas reflexiones me abocan a un par de preguntas; ¿puede existir una sociedad sin ninguna estructura religiosa? y, ¿puede existir una religión sin ningún tipo de estructura organizativa?

Aún así, dejadme erigir en defensor del diablo del propio diablo. ¿No han sido las religiones la génesis de tantas y tantas obras de arte? Es evidente que el arte, tal y como lo entendemos hoy bajo una determinada visión histórica no se ha generado únicamente gracias a una u otra religión, pero sería propio de fariseos negar que muchas obras consideradas hoy artísticas son productos de esta o bien aquella religión.

La fe no tiene ninguna explicación racional posible. La fe es un estadio entre el hombre primitivo cercano al ser salvaje y el hombre dominado por la reflexión intelectual y yo, como cualquiera otro ser humano habré vivido y habré muerto con todas mis virtudes y mis defectos, impotente ante la imposibilidad de alcanzar un conocimiento más allá del humano. Todas mis reflexiones sobre la vida y la muerte, sobre el antes y el después, sobre Dios y sobre el universo no son más que el intento de conocer el mundo, el ser humano y, en definitiva sobre la propia existencia. Reflexiones que no pueden nunca liberarnos de nuestros atributos humanos. A pesar de que me gustaría conocer, con capacidades y poderes, una realidad más allá de la humana, hace falta resignación para aceptar nuestra incapacidad para sobreponerse a nuestras propias capacidades. Soy y seré humano y esto me priva de ser Dios.

Hemos creado el concepto de Dios, acordándole todos los poderes que nuestra mente puede imaginar, pero nuestra limitación nos priva de conocer y comprender otros niveles de conceptos y de reflexiones de los cuales ni siquiera podemos conocer su existencia. Sea como sea, siempre nos limitamos a preguntarnos ¿qué es Dios? ¿de donde venimos?, ¿qué somos?, ¿por qué vivimos? y todo el que hemos podido hacer sobre estas y otras interrogaciones que han embriagado al ser humano desde el momento en que el hombre accedió a capacidades racionales es discurrir con más o menos capacitado, con más o menos imaginación.

Me gustaría meterme dentro de la piel de un creyente sincero y poder así hacer uso de su vibración espiritual y reflexionar a la vez sobre el contenido de su religiosidad. Esto no es posible. Siempre se nos ha dicho que la fe no se puede explicar por medios racionales y por lo tanto no es posible ningún tipo de reflexión.

¿Qué es la religión? ¿Qué motivación tuvo originariamente el ser humano para crear los Dioses y consecuentemente establecer las instituciones religiosas con todas sus jerarquías y todos los principios dogmáticos? Hoy está absolutamente demostrada la evolución de la especie. ¿En qué momento el hombre establece la necesidad de imaginar seres sobrenaturales, superiores a él, causantes de la creación de cielos y tierras, incluso del propio universo? ¿No ha sido sino el mismo ser humano con todas sus virtudes y defectos el que ha establecido, ya no tan sólo las ideas, sino las propias estructuras de las instituciones religiosas? Las religiones han sido y continúan hoy siendo fuentes de fanatismo e intolerancia. ¿Hay alguna religión que no haya establecido jerarquías con poderes de control y a la vez determinativos del comportamiento humano? Muchas de estas instituciones han llegado incluso a ser sanguinarias. La religión musulmana ha sido y continúa hoy siendo portadora de fanatismos y de destrucción. Sin ir más lejos, y repasando la historia del cristianismo, ¿cuántos y cuántos ejemplos podemos poner de acciones crueles y bárbaras con imposiciones generadoras incluso de monstruosos delitos de sangre ejercidas por las iglesias en pro de causas e intereses de personas o bien de las propias instituciones?

Si un individuo nace en un lugar musulmán, casi seguro que será musulmán, si por el contrario nace en un entorno hindú, será hindú.

Cuántas veces he oido decir que tal religión es la verdadera y que tal otra religión no lo es. Hoy, adaptándose a los cambios sociales, científicos y tecnológicos, y sobre todo después de que los medios de comunicación y las velocidades permiten reducir las distancias físicas y acercar los individuos, además del desarrollo de las capacidades reflexivas de las masas sociales, se nos dice que la verdad no depende de la religión, sino que cualquiera, puede ser verdadera para un individuo concreto. No será que la capacidad de reflexión y, consecuentemente, de crítica logra altos niveles de libertad de pensamiento y contra las cuales las instituciones religiosas se ven obligadas a crear discursos condescendientes que les permitan ampararse ante las posibles críticas y alejamientos de las masas?

¿Por qué las sociedades técnicamente avanzadas se alejan más y más de creencias religiosas? ¿Qué es la religión? La religión no es más que un aglomerado de creencias, rituales, deseos, esperanzas e investigaciones de seres con capacidades superiores que permiten aliviar los desalientos y los miedos de los individuos.

A pesar de estas reflexiones, mi propensión a reconocer la religiosidad y el alto grado de espiritualidad del pueblo indio fue absoluta, lo cual me permitió, no una identificación, sino la total admiración de una religión preñada de humanidad. Sea por esta u otra razón, tengo que manifestar sin ningún tipo de eufemismo que las impresiones experimentadas en la India alrededor de la religión fueron muy profundas y me permitieron observar y reflexionar sobre el comportamiento de unos seres que irradian en general un profundo sentimiento de felicidad.

El hinduismo no es sólo una religión en el más estricto sentido de la palabra. El hinduismo se aleja de las estructuras institucionales que rigen muchas religiones para acontecer una forma de vida, una actitud que permite afrontar el recorrido terrenal con gozo y felicidad. El hinduismo permite una absoluta libertad a la persona para conformar su propia estructura religiosa y, así, acceder a este o aquel Dios a la vez que organizar sus propios rituales con absoluta libertad.

El hombre nace inocente y la sociedad lo malogra. Este es un hecho asumido por muchos pensadores. A pesar de las transmisiones hereditarias del carácter y otras características peculiares de los individuos; los devotos de las reencarnaciones dudan de ello. Sea que el hombre nace bondadoso, a pesar de ser potencialmente malvado, sea que desde el mismo momento del nacimiento la maldad le corroe, no puede haber nunca una estructura social igualitaria y perfecta. No puede existir nunca una forma de sociedad estática y eterna. El hombre, como la propia naturaleza, es imperfecto, y cualquier tipo de organización que él crea también lo será. Existe un equilibrio natural relativo bajo el cual el ser humano y todo lo que se organiza en su entorno se mantiene bajo este equilibrio de la misma manera que acontece en la naturaleza.

Las estructuras sociales, políticas, religiosas, económicas y humanas se mantienen bajo formas de poder. Unos someten a los otros y son las jerarquías las que organizan cualquier tipo de estructura social. El equilibrio se logra en momentos puntuales y la existencia de la misma estructura evoluciona hacia nuevas formas de poderes. Las revoluciones, y no sólo las sociales o políticas, conforman una nueva estructura la cual irremediablemente se apoyará sobre nuevas formas de poder, para, nuevamente, iniciar un nuevo ciclo.

De este modo el hombre se transforma en esclavo de él mismo o de las estructuras por él creadas. El esclavo ha sido considerado a lo largo de muchos momentos de la historia como hombre no libre y dependiendo de otro. Pero, ¿es libre el hombre de hoy? Y no me refiero a la libertad que le es privada al ser humano por su propia condición. ¿Qué libertad tiene un ser humano en una sociedad como la nuestra? Mirad a vuestro entorno y decidme ¿cuántos hombres libres veis? Según el concepto que tengáis de libertad me podréis decir muchos. Y la pregunta: ¿es libre este o aquel ser humano de dejar su trabajo? ¡Los hay que son ricos! ¿Y la obligación personal de mantener su fortuna? ¿O de malgastarla? ¿Le permite ser libre? ¿Es libre el ser humano de la relación con su pareja? ¿De su condición de paternidad o de maternidad? ¿De su economía? Y si entramos en el campo del individuo como tal, ¿es libre de su obsesión, de su pensamiento, de su propio cuerpo? Una vez dije que si no fuera humano sería libre. Desprendido de siglos de gloria, de miserias y frustraciones, el hombre continúa sin ser libre. Dichosamente, yo tampoco soy libre, sino, sería Dios o un monstruo, o el uno o el otro.

 

 

LOS PEDIGÜEÑOS

No puedo decir que me gustaría ser pedigüeño. Si lo dijera seria un simple hipócrita. Pero si que puedo decir que mi deseo de saber, de experimentar, de conocer, me induce a pensar que me gustaría raer un tiempo dentro de la piel de un pedigüeño. Justo el tiempo para poder lograr su saber. No me refiero a un saber superior, cultural, científico u otro, sino a su saber de pedigüeño. Poder sondear sus experiencias personales, sus deseos, sus amores y sus odios. Su vida dentro de la sociedad que lo maltrata, poder sentir la necesidad de mendigar para sobrevivir y, así, lograr una experiencia que no tengo.

Sé que estas reflexiones son puramente ficticias, puesto que si decidiera de caracterizarme como un mendigo y salir a la calle y mendigar, detrás de mi habría otra personalidad. Sería el puro placer de la acción teatral ante personas que, a pesar de que pudiera engañar, mi piel sería otra.

Nuestras individualidades son intransferibles a cualquier otra persona, y así lo es la de un pedigüeño. No creo, por otro lado, que su personalidad y su idiosincrasia le permitieran, a mí tampoco, de establecer un diálogo que me permitiera acceder al conocimiento de su saber. Su persona y características no le permiten de establecer un diálogo abierto conmigo, puesto que no puede liberarse de su estructura personal. No puede transmitir su saber por carencia de conocimientos objetivos de su propia esencia de pedigüeño.

En la India hay que regatear siempre. Incluso los pedigüeños regatean. Cuando un pedigüeño se te acerca, te pide siempre unas cuántas rupias. Cuando se da cuenta que no le haces caso, empieza a bajar su demanda; tengo hambre, por mi hija...... y con la mano ante la boca te indica el acto de comer. Diez rúpias, cinco, dos..... En todo este camino eres tú quien decide el momento de meter la mano en el bolsillo y hacer el gesto, evidentemente si tienes ganas, o bien consideras que lo tienes que hacer. A pesar de una buena voluntad, no podemos a nivel individual acabar con la miseria en la India, ni cambiar con las estructuras sociales y económicas de aquel país, ni de cualquier otro. La India es un país extremadamente pobre con un tanto por ciento muy elevado de gente hambrienta.

Al viajero se le presenta constantemente un problema de conciencia. ¿Qué hacer cuando un mendigo se te acerca y te dice que tiene hambre? y te sigue en tu camino, y, con voz hambrienta, continúa diciéndote que tiene hambre Que necesita chapatis para sus hijos. ¿Y si aquel hombre o mujer, niño o niña, mayor o pequeño, es inválido?, ¿o mutilado sin brazos o sin piernas siguiéndote montado sobre una madera con cuatro cojinetes? ¿Y si una niña de no más de doce o trece años se te acerca con un niño a los brazos, pies desnudos, los dos extremadamente sucios y mostrando la más absoluta miseria, te mira a los ojos y en un inglés que a duras penas entiendes, te dice: please, give me something for my baby ! a la vez que alarga la mano en actitud suplicatoria?

Este problema se dilata cuando te das cuenta que en aquel país, cualquier persona llegada de occidente se siente opulenta y rica. Pero sabes que si haces abiertamente el acto de dar, tienes que parar en cualquier momento, puesto que, de lo contrario, repentinamente se te acercarían centenares de mendigos y, finalmente, serían miles. Siendo este un problema de conciencia, tiene que ser cada cual, a nivel personal, quien busque su solución. Es así que al viajero llegado de occidente se le presenta aquí una duda; ¿qué se puede hacer cuando se sabe que en la India mucha gente muere de hambre? No puedes ayudar a todo el mundo. Tú no puedes cambiar, personalmente, la India. ¿Puedes empezar a dar hasta que tú te quedes como ellos? ¿Hasta que hayas agotado todo tu patrimonio? Sabes que no estás preparado para abandonar tu sistema de vida, abandonar lo que eres y lo que tienes, puesto que, además, si lo hicieras, no solucionarías el problema. ¿Es suficiente para apaciguar la desazón de tu conciencia dar algunas monedas aquí y allí? ¿O hubiera sido mejor no haber ido a la India para no ver este escalofriante espectáculo? ¿Y si ves que otros continúan el camino sin hacer caso de lo qué pasa en su entorno? ¡Reflexionar sobre ello!

Los mendigos ocupan un lugar junto al posible donante, una vez han logrado el primer turno. Si un pedigüeño está implorando una limosna, en ningún caso acepta que cualquier otro se acerque para tomar su lugar o que pretenda sencillamente compartir la posible donación. Incluso a trancas y barrancas echa fuera al otro. Alguna vez les he visto pelearse, de palabra, y con algún que otro empujón.

La terrible pobreza que vive la India me exige reflexiones profundas que, desgraciadamente, no pueden curar las enfermedades de las sociedades. Y si estas reflexiones me conducen a comparar las desigualdades sociales y humanas, no puedo más que estremecerme ante mi impotencia para curar o menguar las diferencias entre los ser humanos. Y no me refiero sólo a la incapacidad de las estructuras sociales, políticas o incluso religiosas, sino a la propia y personal.

La majestuosidad, riqueza y opulencia de unos se opone a las miserias y calamidades de los otros. Y si suelto mi imaginación a la deriva, se me presentan las horribles imágenes que muestran las grandes injusticias del mundo. Los grandes poderes económicos, las monarquías, las iglesias, entre otros muchos, controlan el mundo, cada uno dentro de su terreno y muchas veces entrecruzándose en los propios dominios. La riqueza en la que se mueve la iglesia católica, la suntuosidad y la opulencia que se vive en el vaticano con toda la curia, las prepotencias de las monarquías, a pesar de tener fecha de caducidad –aprovecha mientras dure- y los grandes poderes económicos otros, basándose siempre en la fuerza del más fuerte, se presentan como los grandes vicios del ser humano, de su imperfección y, en definitiva, de su deseo de poder. Y con el espíritu aterrorizado me siento impotente ante este mundo malversado del cual formo parte.

 

 

EL TAJ MAHAL

La India es, todo el mundo lo sabe, un país de miseria, pero es también un país poseedor de algunos de los edificios más hermosos que nunca haya podido crear el ser humano. Visité numerosos edificios considerados importantes maravillas arquitectónicas, pero el que más me impresionó fue el Taj Mahal. A pesar de haberlo podido ver con anterioridad en fotografías y en otros tipos de imágenes, la visión directa del monumento fascina a cualquier visitante que se le acerca. Este mausoleo es considerado una de las maravillas del mundo. Sin duda es una de ellas.

Cuatro días después de haber aterrizado en la India, pude atravesar la entrada del recinto para adentrarme, en medio de gran cantidad de visitantes, en este espacio, un espacio, permitidme decirlo, de amor. Y sentado sobre el mármol frío, rápidamente calentado por la refulgencia del sol, yo, espectador de toda esta magnificencia, vi entre toda la muchedumbre de visitantes y vistiendo un sari ultramarino moteado de manchas doradas, una mujer india que sobresalía de entre la blancura del mármol. Se la ve feliz me dije con voz muda. Y de repentinamente, mi imaginación espoleada por la dulzura del momento, retrocedió casi cuatro siglos atrás para presentir cuan hermosa debería de ser Mumtaz Mahal, y cuanto la debería de amar Sha Jahan, para que le hiciera construir esta maravilla que, todavía hoy y después de siglos, respira el hálito del amante.

Apenas entrar en el recinto, el visitante revive el sentimiento de amor de Shah Jahan hacia su mujer. El Taj Mahal es la transformación en una joya arquitectónica de la angustia resentida por la muerte de la esposa amada. El Taj Mahal es un grito de amor, un grito de amor puro, diáfano, transparente. El mismo Rabindranath Tagore, en versos de elevada inspiración, describe el dolor del corazón de Sha Jahan traducido en este milagro arquitectónico: Tú sabías, Emperador de la India, Sha Jahan que vida, juventud, riqueza..... todo fluye en la corriente del tiempo. Tu único sueño fue preservar para siempre jamás el dolor de tu corazón...... En la forma de este blanco resplandeciente Taj Mahal.

Por dentro y por fuera del mausoleo, pie desnudo por el respeto que exige el lugar, el visitante rodea y se rodea a la vez por la blancura del mármol cálido y frío que millones y millones de visitantes a lo largo de los últimos siglos han podido admirar; uno de los más maravillosos bordados en mármol que nunca haya podido tejer la mano del hombre. La estructura de todo el mausoleo, con el conjunto incluido, muestra el equilibrio absoluto que sólo la inspiración divina puede haber construido.

Parece inverosímil que, sobre un edificio de esta magnitud, trabajando miles de personas a lo largo de más de veinte años, no haya quedado ningún documento escrito fehaciente sobre el autor de la obra, por bien que, entre algunos nombres, sobresale el del arquitecto turco Ustad Isa Afandi. Sea como sea, el hecho es que la obra es una pequeña gran joya de la arquitectura universal.

Difícilmente mis palabras pueden expresar las impresiones vividas ante esta joya. El equilibrio de las formas, la perfecta armonía del conjunto, incluyendo los espacios exteriores y los edificios contiguos, hacen de esta obra una maravilla difícilmente superable, sino imposible, por el ser humano. Independientemente de los estudios que se puedan hacer a nivel compositivo, analítico u otro, independientemente de los elementos técnicos y artesanales que hicieron posible este edificio, hay algo que sólo se puede valorar por las vibraciones vividas ante el mausoleo; la inspiración que genera una obra de arte no se puede valorar nunca por parámetros técnicos o científicos.

Y sin quererme aguar el posible encanto que puedan tener mis impresiones, la reflexión me obliga a someterlas al rigor de la historia. Sólo un poder fuerte e imperial tuvo la capacidad de crear una obra de esta magnificencia. Sha Jahan fue musulmán, ambicioso y guerrero. Se rebeló contra su propio padre para finalmente, después de la muerte de este, y sin pocas luchas internas, proclamarse él mismo emperador en 1628. La construcción del Taj Mahal se producía mientras el emperador estaba inmerso en constantes guerras sanguinarias contra los estados vecinos.

Espíritu guerrero, ambición, sensibilidad, orgullo, pasión de poder y otras muchas virtudes o defectos humanos conforman los individuos. En una misma persona se pueden encontrar estas y otras características. La pasión por el poder no tiene por qué estar exenta de amor y de sensibilidad. El Taj Mahal fue empezado el 1632 y el conjunto con las mezquitas exteriores se acabó veinte años más tarde. El propio Sha Jahan fue sometido por uno de sus hijos y relegado a la Agria Fuerte, el palacio residencial del emperador. En su confinamiento y desde las ventanas de la Agria Fuerte, Sha Jahan podía ver el Taj Mahal. Desde el 1657, fecha de su confinamiento, hasta su muerte el 1666, cuántas lágrimas pudo haber derramado el amante ante la visión del mausoleo? Después su muerte, un sarcófago, conteniendo sus despojos, se encuentra junto al de su mujer Muntaz Mahal, único elemento que rompe la perfecta simetría de todo el edificio.

Hoy, escribiendo mis impresiones vividas en este viaje, os tengo que confesar que siento el fuerte deseo de volver a zambullirme en aquel país. Un país del cual en tan sólo un mes y medio pude vivir aspectos parciales, pero ciertamente significativos. Sé también que los deseos no son siempre factibles de ser realizados. Sé también que si nos lo proponemos podemos conseguir aquello que deseamos.

La India me permitió vivir momentos que marcan intensamente la persona. Momentos que, además de latir constantemente en el recuerdo, son imposibles de olvidar. Momentos que permiten reflexiones profundas sobre el ser humano, la sociedad y, por encima de todo, el propio individuo.

Jordi Rodríguez-Amat

 

 

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