EL SUEÑO DE ORFEO

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Me gusta pasear tranquilamente por las grandes ciudades y meter la nariz por todas partes. Un día de un mes de mayo andaba yo tranquilamente por una calle de un barrio de Paris cuando de repente vi un personaje vestido como los griegos antiguos de forma que su indumentaria le dejaba una parte del tórax al descubierto. La parte inferior en forma de falda le llegaba hasta la rodilla. Este personaje llevaba en la mano un instrumento musical que posteriormente supe que era una lira. Aquel hombre estaba cruzando la calle cuando de repente un coche hizo sonar el claxon por razones que desconozco pues aquel individuo era invisible y sólo yo lo veía. Cuando nuestro personaje, al oír el claxon, con gran espanto quiso subir a la acera tropezó con el bordillo, con tan mala suerte que cayó encima de su lira.

El daño que se hizo y, sobre todo, la angustia por haber destrozado su instrumento, le sumieron en un estado deplorable. Él quería entrar en el establecimiento situado justo delante de dónde cayó. El rótulo sobre la puerta de entrada rezaba: Luthier du maître Gerard Dupont. Nuestro hombre hablaba griego antiguo y no sabía expresarse en francés. El temblor y su estado personal no le permitieron recoger la lira y tuve que ser yo quien la recogiera. Con mi conocimiento de lenguas pude comunicarme con él en griego antiguo. Permitidme manifestar que hacía años que no me comunicaba con nadie hablando en esta lengua y tuve que obligarme a hacer un gran esfuerzo. Hacía muchos años que no me había encontrado con Homero y, consecuentemente, no tenía la posibilidad de practicar el griego antiguo. Sin embargo, conseguí comunicarme perfectamente con este individuo. Lo acompañé a entrar dentro del establecimiento. Supuestamente maître Dupont pensó que yo era un perturbado mental. El luthier no veía el personaje y no podía entender que yo estuviera hablando solo en una lengua extraña que él desconocía totalmente. Repararía la lira y le pondría dos cuerdas más fueron las palabras de maître Dupont. Sin embargo, tuve el sentimiento de que quería que me fuera rápidamente. En su mente, creí, que yo podía ser una persona inquietante y sin decir nada me fui. Antes me dijo que volviera a partir de las seis de la tarde a recoger el instrumento.

Nuestro personaje, lo supe después, se llamaba Orfeo. Quería entrar en el establecimiento del maestro luthier, según me había anunciado él, para ver si podía añadir dos cuerdas más a la lira de siete cuerdas que había recibido en herencia de Apolo para que tuviese nueve cuerdas en honor de las nueve musas, pensando sobre todo en Calíope su madre, de la que heredó las virtudes de la música y el canto.

Tuve el sentimiento de que en ese momento Orfeo era una persona triste y melancólica. Mi impresión, con total convencimiento, me obligó a creer que aquel hombre se hallaba en un estado personal lamentable y pensé que quizás yo podía hacer algo para ayudarle. Fuimos hasta la Avenue de la Opéra esquina con la Rue des Petits Champs donde hay un Starbucks Coffee. Estuvimos hablando a lo largo de más de dos horas. Orfeo era hijo del rey de Tracia y Dios de los ríos Oagros. Me explicó que el propio Apolo le había regalado la lira y que su madre, la musa Calíope, le inició en el mundo de la música y del canto. Le expliqué que muchos artistas habían representado el mito que lleva su nombre y el de Eurídice y se puso a llorar. Sin embargo, después de decirle que en el museo del Louvre hay muchas de estas obras, me manifestó que las quería ver y puesto que nos encontrábamos cerca del museo fuimos andando por la Avenue de la Opéra. atravesamos la rue de Rivoli hasta la plaza del Carrousel desde donde ya vimos la Pirámide del Louvre. Una vez dentro del museo pudimos recorrer salas y más salas con pinturas representando Orfeo y Eurídice.

Vimos obras de Gustave Moreau, Bruegel le vieux, Corot, Nicolas Poussin y muchos otros artistas. Delante de cada cuadro, Orfeo no podía parar de llorar. Él me iba explicando su propio mito. Se enamoró de la bella Eurídice y seguidamente se casaron. Yo recordaba haber leído Las Metamorfosis de Ovidio donde explica, entre muchos otros mitos, el de Orfeo y Eurídice. El enamoramiento es un estado propio de los seres humanos caracterizado por fuertes emociones de atracción hacia otro ser. Son emociones muchas veces incontrolables por reflexiones cognitivas por el hecho de que la mente no posee la capacidad de ser consciente de sus propios estados. Por otra parte, hay incluso quien considera que el enamoramiento es un estado transitorio de estupidez personal.

Visitando muchas de las sales del museo, Orfeo me explicaba cómo había conocido a Eurídice. Un día soleado, paseando junto a un río, Orfeo se encontró con la ninfa Eurídice, una de las Náyades y se enamoró perdidamente de ella. Con su lira y su capacidad para deleitar los seres -personas, animales e incluso plantas- festejó la bella Eurídice, la cual no pudo resistirse a la música de Orfeo y se prendó de él. Justo el día de la boda una víbora clavó los colmillos en el talón de Eurídice, después de que ella la pisara casualmente, y a continuación el potente veneno acabó con la vida de Eurídice. Muerta, entró en el inframundo reino de Hades, dominio de los muertos. A partir de ese momento, Orfeo se encontró enloquecido y en un estado de tristeza absoluta. Me acaba de confesar que está dispuesto de ir al infierno a buscarla y yo, sin ningún tipo de pudor, le he pedido que me dejara acompañarle. Su respuesta fue que eso era imposible pero que había la opción de ir yo solo adoptando su personalidad. Me manifestó que tenía miedo, no del infierno sino de sí mismo por el hecho de no poder soportar salir sin volver la cabeza para ver a su amada Eurídice.

Supuse que el estigma en forma de lira que yo tenía en el pecho se produjo en el momento en que Orfeo quiso entrar en la tienda del luthier maître Gerard Dupont y cayó sobre su lira. Fue posteriormente, cuando vi por primera vez Eurídice, que relacioné el estigma con la caída de Orfeo.

Asumir el personaje de Orfeo no sería fácil y quise prepararme bien para la que sería mi visita al infierno. Ovidio se ofreció para ser mi cómplice y Dante me dibujó el infierno con los nueve círculos, dándome, asimismo, una carta de presentación para que Caronte me ayudara a pasar el río Aqueronte para llegar al reino de Hades. Yo sabía que la entrada al infierno era prácticamente imposible para alguien que no perteneciera al común de los muertos. Antes de iniciar el camino recogí la lira restaurada en el taller del luthier Mr. Dupont.

Asumiendo el repto y cansado de llorar y entonar cantos de súplica y desesperación amargamente, decidí entrar en el infierno a buscar a mi Eurídice. Atravesé la gran puerta, pasando por el profundo abismo del tártaro. Allí se encontraban muchos criminales gritando, gimiendo y lamentando su mala suerte.

Justo en este momento, iniciando el recorrido quisiera insinuar al lector de seguirme y hacer conjuntamente el trayecto como hizo Dante y Virgilio.

Ya en el momento de atravesar la gran puerta y pisar el territorio de los muertos visualicé las aguas del río donde Caronte, con su infernal barca, iba pasando almas del espacio de los vivos al espacio de los muertos. Presenté a Caronte la carta de recomendación que me había dado Dante y su rostro se llenó de alegría. Él se acordaba perfectamente de Dante y Virgilio y estuvimos conversando un largo tiempo. A pesar de ser el responsable de introducir los muertos en el reino del Hades atravesando el río Aqueronte, Caronte tenía sentimientos de piedad. La iconografía cristiana ha sido cruel con él, representándolo siempre como un diablo con larga barba dura y áspera. Justo después de atravesar el río, inicié un largo camino al principio inicio del cual estaba el guardián Cerbero, un monstruo de tres cabezas. Afortunadamente con mi lira y la gracia de mi canto conseguí hacer todo el camino a un ritmo muy lento, observando a derecha y a izquierda todos y cada uno de los que allí gemían. Desconcertado y estupefacto pude ver que había muchas personas, ahora muertas, conocidas a lo largo de mi vida. Soy un hombre valiente pero justo viendo los que allí lloraban me hizo reflexionar.

Todo cambió cuando pasando por una sala altamente iluminada vi hombres y mujeres, jóvenes y mayores, entregados a una desenfrenada orgía. Bebían y comían con pasión. Era un escenario donde unos y otros se entregaban a todo tipo de relaciones sexuales. Continuando en el camino conseguí por un momento y gracias a mi música que la rueda de Ixíon parara de girar y Tántalo dejara de pasar sed y hambre. Más adelante, justo en un recodo del camino, creí ver la sombra de Virgilio seguido por Dante. La oscuridad del lugar no me permitió ver con claridad las dos imágenes y pensé que no fue más que una impresión, una simple percepción sensorial producida por el deseo de encontrarme con ellos. Finalmente, a través de un largo pasillo sombrío, lleno de muertos gritando y llorando, llegué a la gran sala donde, sentados en dos grandes tronos, había Hades y su esposa Perséfone.

 

 

El ser humano ha sentido siempre respeto o, aún más, miedo ante la muerte. Muchas religiones, cristianismo, judaísmo, islamismo, entre otras, han buscado una solución al miedo ante la muerte; el cuerpo se destruye, pero el alma sobrevive. Otras culturas, como el budismo, muerte y reencarnación se acaban cuando el ser humano accede a suprimir todo deseo y, así, detener las reencarnaciones para alcanzar el estado de absoluta paz, el nirvana.

El hombre ha ido constantemente en busca de un alivio a su miedo a la muerte. La muerte, sin embargo, es el medio para lograr la paz absoluta y cesar todo tipo satisfacciones y sufrimientos generados por el cuerpo y la mente. La muerte es la liberación de la sumisión a la que está sometida la carne. El agnóstico, considerando su incapacidad para reflexionar sobre el más allá, no puede crear ninguna doctrina o creencia sobre la muerte. Dios, vida y muerte son objetos de constante interrogación sin posible respuesta.

El miedo, siempre el miedo a la muerte, ha exigido a ciertas civilizaciones creer en la vida de ultratumba, enterrando a los muertos con todo lo que el muerto pudiera necesitar en la vida posterior.

Orfeo, junto con los Dioses Dionisio, Heracles, Hermes y otros, habiendo podido entrar en el reino de los muertos, volvió al lugar de los vivos, pero Orfeo es un mito y en los mitos se mezclan, entre otros, deseos y vivencias creados por la superior capacidad imaginativa del ser humano.

 

En la gran sala, Eurídice se encontraba sentada junto a Hades y Perséfone. Les expliqué que mi pasión por mi mujer Eurídice me obligó a penetrar en el dominio de los muertos. A continuación, cogí mi nueva lira y mi voz y mi música les fascinó. Les rogué una y mil veces de permitirme llevar conmigo Eurídice y después de pedirme entonar nuevamente otras melodías, finalmente accedieron a dejarla salir. Una condición se impuso; no mirar atrás para ver Eurídice hasta no haber vuelto al reino de los vivos.

De regreso, yo caminaba pie firme sabiendo que detrás de mí me seguía la bella Eurídice, mi querida esposa. Yo sentía el latido de mi corazón y la alegría hacía vibrar todo mi cuerpo. Estaba muy seguro, no giraria la cabeza hasta el final del trayecto. El camino era largo, muy largo, y por momentos pensé en girar la cabeza para ver, aunque fuera de reojo la amada Eurídice. Jadeante, yo corría para llegar al espacio de los vivos lo antes posible. Todo estaba oscuro y silencioso. Yo no sentía el aliento de Eurídice. Por momentos dudaba si ella me seguía. La tentación fue grande, muy grande, pero mi cabeza me obligaba a seguir adelante. En un momento determinado creí que ya nos habíamos alejados suficientemente de la gran sala donde reinaban en sus tronos Hades y Perséfone y fue tan fuerte la tentación que volví la cabeza. Justo en ese momento me desperté y delante de mi cama la imagen de Eurídice apareció diáfana, sonriente, con los brazos abiertos. Me levanté de la cama para acercarme a ella, pero a cada paso que daba, su imagen se iba desvaneciendo para desaparecer totalmente en el momento en que yo, brazos abiertos, quería abrazarla.

Jordi Rodríguez-Amat

Noviembre del 2018

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